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Inactividad Física y Covid-19: Riesgos Ignorados

1. Introducción

Un brote por una variedad de coronavirus comenzó en diciembre de 2019 en Wuhan, China, donde hasta el 17 de marzo de 2020, se han reportado 179.111 casos confirmados y 7.426 muertes 1. Esta nueva entidad, conocida ahora como enfermedad por coronavirus 2019 (COVID-19) es causada por un nuevo CoV humano, inicialmente denominado como novel coronavirus 2019 (2019-nCoV) que luego fue renombrada a SARS coronavirus 2 (SARS-CoV-2) por el Grupo de Estudio Coronavirus del Comité Internacional de Taxonomía de Virus el 11 de febrero de 2020 2.

A medida que la pandemia de COVID-19 continúa desarrollándose a escala mundial, las autoridades de los diferentes territorios y países han introducido varias medidas de protección, incluido el cierre de escuelas y universidades, la prohibición de viajes, eventos culturales y deportivos y reuniones sociales3. En algunas regiones incluso se tomaron medidas más drásticas como cuarentena obligatoria de toda la población. Todas estas acciones están pensadas como una estrategia efectiva para prevenir la propagación del virus, sin embargo, dichas medidas afectarán negativamente el movimiento y actividad física y/o deportiva de las personas, ya que pasarán más tiempo sentados, mirando pantallas, yendo en detrimento de la salud física, el bienestar, los patrones de sueño y calidad de vida4,5.

Finalmente, los pacientes con alguna comorbilidad (diabetes, hipertensión, síndrome metabólico, etc.) asociada muestran peor pronóstico. Un mayor número de comorbilidades también se correlacionó con peores resultados clínicos 6–8. Lo que muestra el potencial rol no solo protector sino terapéutico de la actividad física en el contexto actual y el enorme riesgo de coartar las posibilidades de movimiento de las personas 9.

2. SARS-CoV-2

Los coronavirus (CoVs) causan enfermedades respiratorias, entéricas, hepáticas y neurológicas en humanos, otros mamíferos y aves. 10. A pesar de ello, no han sido considerado altamente patógenos para los humanos hasta haber causado dos importantes pandemias en las últimas dos décadas, el SARS y el síndrome respiratorio del Medio Oriente (MERS)11.

Los primeros casos de SARS-CoV-2 fueron relacionados con una transmisión zoonótica vinculada a un gran mercado de mariscos en China en el cual comerciaba con animales salvajes vivos12. Estudios genómicos iniciales indican que las secuencias son un 96% idénticas a nivel de genoma completo a un coronavirus de murciélago, por lo que hay presunciones que colocan allí su origen12. Aún así, a la fecha, siguen siendo inconsistentes los datos sobre el origen del SARS-CoV-2, y las autoridades sanitarias chinas continúan llevando a cabo investigaciones epidemiológicas y etiológicas 11.

2.1 Epidemiología

En diciembre de 2019, una serie de casos de neumonía viral de causa desconocida surgieron en Wuhan, Hubei, China. Los casos de COVID-19 se observaron principalmente en personas de edad avanzada13. Posteriormente se ha extendido por todo el mundo.  A principios de abril de 2020, el número reportado de pacientes con COVID-19 es más alto en los EE. UU., seguido de España, Italia, Alemania y Francia.  Asimismo, el aumento generalizado de casos se dio principalmente entre personas mayores de 65 años y menores de 65 años portadores de enfermedades crónicas subyacentes14. Las comorbilidades más prevalentes fueron hipertensión (21.1%, IC 95%: 13.0–27.2%) y diabetes (9.7%, IC 95%: 7.2–12.2%), seguidas de enfermedad cardiovascular (8.4%, IC 95%: 3.8–13.8 %) y enfermedad del sistema respiratorio (1.5%, IC 95%: 0.9–2.1%)15.  El período de incubación medio fue de 5,2 días y tasa de letalidad inicial combinada (CFR) fue reportada como 2,3%16

Los brotes previos por coronavirus (MERS-CoV y SARS-CoV) han causado más de 10 000 casos acumulados en las últimas dos décadas, con tasas de letalidad del y del 34% para el MERS-CoV y 9,4% para el SARS-CoV17 18. Sin embargo, en el caso del SARS-CoV-2, las estimaciones de la tasa de letalidad (fallecimientos según casos confirmados) y los fallecimientos según casos totales, asintomáticos y no detectados (tasa de letalidad por infección- IFR) pueden estar sesgadas positivamente (al informar menos casos u obviar infecciones asintomáticas) o negativamente (al no tener en cuenta el retraso desde la confirmación hasta la muerte). El porcentaje de asintomáticos estimado al momento es de 30.8% (95% CI 7.7– 53.8%)19.

El caso del crucero Diamond Princess (DP), con 3711 personas a bordo y un pasajero de Hong Kong portador de SARS-CoV-2 en un espacio limitado y con una densidad de población relativamente alta, puede ser tomado como modelo cerrado para la evaluación la transmisibilidad, tasa de letalidad y tasa de letalidad por infección de COVID-1920. Estudios recientes muestran un número reproductivo (R0) alto para COVID-19 en el DP, con una mediana de 2.28 (2.06–2.52) con un IC del 95%21. Si bien la IFR fue del 1,3% (intervalo de confianza (IC) del 95%: 0,38–3,6) y la CFR fue del 2,6% (IC del 95%: 0,89–6,7), la distribución de edad en el crucero estaba sesgada hacia individuos mayores y con comorbilidades (edad media: 58 años), la tasa de letalidad para menores de 50 años fue de 0,02-0,08%22. Un muy reciente estudio en Francia reporta un IFR general similar en valores entre 0.5 y 0.7%, los cuales van desde 0.001% en aquellos <20 años hasta 10.1% en aquellos> 80 años23.

Por lo tanto, es probable que todas las tasas de letalidad estén fuertemente influenciadas por enfermedades subyacentes y edades de pacientes infectados, los cuales son propensos a morir de COVID-19, debido a sus comorbilidades adicionales y un sistema inmune disminuido 15. Datos recientes de Italia indican que sólo el 0,8% de los pacientes fallecidos por COVID19 no poseía ninguna patología de base 24. Irónicamente, la inactividad física está asociada tanto al desarrollo de dichas comorbilidades como al deterioro de la función inmune 25. De este modo, el sostener una inactividad física prolongada, sumada a aspectos psicológicos y sociales del distanciamiento, puede ser nociva en el corto plazo en la respuesta a la infección por SARS-CoV2, como en el pobre control de la enfermedad de base y el consiguiente exceso de mortalidad en el largo plazo26.

2.2 Virología

Los CoVs pertenecen a la familia Coronavirinae, siendo el grupo más grande de virus del orden de los Nidovirales27. Corresponde a una clase de virus de ARN envueltos y monocatenarios con sentido positivo que se dividen genotípica y serológicamente en cuatro subfamilias: α, β, γ y δ-CoV. Las infecciones por CoV en humanos son causadas por CoV α y β 28. De estos, cuatro circulan habitualmente (coronavirus humanos 229E, NL63, OC43 y HKU1) y típicamente infectan sólo el tracto respiratorio superior causando síntomas relativamente menores29.

Sin embargo, el coronavirus del síndrome respiratorio agudo severo (SARS-CoV), el coronavirus del síndrome respiratorio del Medio Oriente (MERS-CoV) y el SARS-CoV-2 pueden replicarse en el tracto respiratorio inferior y causar neumonía, que puede ser fatal. SARS-CoV-2 pertenece al género betacoronavirus y es el séptimo coronavirus que se sabe que infecta a los humanos30.

Análisis genómicos muestran que el SARS-CoV-2 no parece ser producto de manipulación viral en laboratorio. Esto se asume debido a que todos los genomas del SARS-CoV-2 secuenciados hasta el momento tienen características genómicas descritas previamente y, por lo tanto, derivan de un antepasado común31. Entre todas las secuencias de coronavirus conocidas, el SARS-CoV-2 posee una estructura 98% similar al coronavirus de murciélago RaTG13 y con secuencias de coronavirus en el pangolín (un oso hormiguero escamoso)32. Entre los coronavirus humanos la similitud genética más importante la encontramos en el SARS-CoV, con un 79%33.

2.3 Patogenia

De igual manera que otros coronavirus respiratorios, el SARS-CoV-2 se transmite principalmente a través de gotas respiratorias y por contacto directo. Informes recientes indican que el SARS-CoV-2 puede detectarse en la orina y las heces de pacientes confirmados por laboratorio, lo que implica un riesgo de transmisión fecal-oral 34. En la infección, el período de incubación promedio es de aproximadamente 4-5 días antes del inicio de los síntomas, posteriormente el SARS-CoV-2 carga viral alcanza su pico y el 97,5% de los pacientes son sintomáticos dentro de los 11.5 días34,35

Los pacientes con COVID-19 generalmente presentan fiebre, tos seca y astenia; con menos frecuencia también pueden experimentar disnea, dolor muscular y/o articular, cefaleas, mareos, diarrea, náuseas y hemoptisis14. Los casos graves de COVID-19 progresan a síndrome de dificultad respiratoria aguda (SDRA), en promedio alrededor de 8 a 9 días después del inicio de los síntomas 14,36. El SDRA puede conducir directamente a insuficiencia respiratoria, que es la causa de la muerte en el 70% de los casos fatales de COVID-19, una tormenta de citocinas y síntomas de sepsis que son la causa de la muerte del restante 28% de los casos fatales 37. El período desde el inicio de los síntomas hasta la muerte osciló entre 6 y 41 días con una mediana de 14 días 38.

El primer paso en la infección es la unión del virus a una célula huésped en las células epiteliales de las vías respiratorias, las células epiteliales alveolares, las células endoteliales vasculares y los macrófagos pulmonares, los cuales expresan el receptor de la enzima convertidora de angiotensina 2 (ACE2), utilizado por el SARS-CoV39,40. Como el SARS-CoV-2 usa el mismo receptor de entrada, estos subconjuntos de células probablemente sean blanco de este virus41,42. La acción sobre ACE2 inducida por virus puede ser importante para la patología de la enfermedad, ya que ACE2 regula el sistema renina-angiotensina (SRA), el cual influye en el control de la presión arterial y el equilibrio de líquidos, regulando la respuesta inflamatoria y la permeabilidad vascular en las vías respiratorias 43. Tanto la desregulación del SRA como la desregulación en la del sistema inmune parecen ser contribuyentes fundamentales en la progresión hacia la gravedad en COVID-19 44.

2.4 Respuesta Inmune

Se ha descrito que los pacientes con enfermedades graves mostraron linfopenia, particularmente la reducción en las células T de sangre periférica, así como células T CD4 + patógenas aberrantes y células T citotóxicas patológicas derivadas de las células T CD4 +45. El agotamiento de las células T y su mal función podría haber llevado a la progresión de la enfermedad43

Además, la gran liberación de citocinas por el sistema inmune en respuesta a la infección viral y/o infecciones secundarias, la inflamación incontrolada inflige daño de múltiples órganos que conduce a la insuficiencia orgánica, especialmente de los sistemas cardíaco, hepático y renal 43. Se encuentran concentraciones plasmáticas aumentadas de citocinas pro inflamatorias (mayor aumento a mayor gravedad), incluidas interleucina (IL) -6, IL-10, factor estimulante de colonias de granulocitos (G-CSF), proteína quimio atrayente de monocitos 1 (MCP1), proteína inflamatoria de macrófagos (MIP) 1α y factor de necrosis tumoral (TNF) -α44,45.

Se observó, también, infiltración de una gran cantidad de células inflamatorias en los pulmones de pacientes graves con COVID-19, y estas células probablemente consisten en una constelación de células inmunes innatas y células inmunes adaptativas 46. Entre las células inmunes innatas, la mayoría son neutrófilos que pueden inducir lesiones pulmonares y entre las adaptativas, las células T citotóxicas son las que pueden matar al virus, pero también contribuyen al daño pulmonar 47,48.

Por lo tanto, la fisiopatología de la infección por SARS-CoV-2 es muy similar a la de la infección por SARS-CoV, con la diferencia de presentar respuestas inflamatorias más agresivas, las que están fuertemente implicadas en el daño resultante a las vías respiratorias. Así, la gravedad de la enfermedad en los pacientes se debe no solo a la infección viral sino también a la buena respuesta del huésped, esto corroborado por datos epidemiológicos.

3 Impacto De La Actividad Física En La Salud

Varios son los factores que aumentan el riesgo de sufrir problemas metabólicos y deterioro funcional, incluidos los trastornos mentales y las discapacidades físicas. De estos, la inactividad física y el tiempo que se pasa sentado parecen ser los factores de riesgo más prevalentes 25,49,50. Desafortunadamente, la mayoría de las personas desconocen actualmente los riesgos para la salud asociados con no moverse. El tiempo que se pasa sentado se ha relacionado con un mayor riesgo de mortalidad por todas las causas 51, mayor incidencia de enfermedad cardiovascular 52 y problemas metabólicos 53,54.

 

Figura 1 Espectro de los tipos de inactividad física. Seguir la flecha de derecha (baja intensidad de inactividad física) a izquierda (alta intensidad de inactividad física) muestra una estimación de la intensidad de la inactividad física por unidad de tiempo55.

La inactividad física causa el 9% de las muertes prematuras, o más de 5,3 MILLONES de las 57 millones de muertes que ocurrieron en todo el mundo en 2008. Si la inactividad física disminuyera en un 10% o 25%, más de 533.000 y más de 1,3 millones de muertes, respectivamente, podrían evitarse cada año56. Se estima que un mayor nivel de actividad física puede extender la esperanza de vida en relación con la esperanza de vida promedio en aproximadamente 5.1 años (hombres) y 5.7 años (mujeres) 57. Por otro lado, la gente activa pasa menos tiempo con algún tipo de discapacidad que la población general (2.5 vs. 3.0 años), mientras que el grupo de baja actividad física en realidad pasa más tiempo con algún tipo de disfuncionalidad (2.6 vs. 1.4 años) viviendo la misma cantidad de años57.

 

Figura 2 Aumentos en años estimados en la esperanza de vida en todo el mundo con la eliminación de la inactividad física56.

Se estima que los sujetos sedentarios tienen un 45% mas de chances de sufrir problemas cardiacos y un 35% mas incidencia de diabetes tipo 2 y un 32% de Alzheimer, las mujeres inactivas son un 25% mas propensas a padecer cáncer de mamas, 11% de ovarios, y 17% de endometrio (post menopáusicas), hombres y mujeres que no practican ninguna actividad tienen 27% mayor riesgo de padecer cáncer de colon, 18% de cáncer gastroesofágico, 12% cáncer renal, 24% cáncer de pulmón y 11% de cáncer pancreático, en el caso de los hombres un 10% mas chaces de padecer cáncer de próstata 55,58.

 

Figura 3 Papel protector de la actividad física regular de moderada a vigorosa contra el riesgo de cáncer. Datos numéricos para riesgo relativo (RR) y 95% de intervalos de confianza (entre paréntesis) provienen de meta análisis recientes en estudios de cohortes o de casos y controles

Mas específicamente, se ha reportado que la mortalidad por cualquier causa es significativamente mayor entre los individuos con bajos valores de fuerza muscular, ya sea que tuvieran una masa muscular baja o no. Además, las asociaciones significativas entre la baja fuerza muscular y la mortalidad por cualquier causa parecerían persistir independientemente de los niveles de actividad, transformando a la masa y la función muscular en protagonistas ineludibles de la salud 59.

 

Figura 4 Asociaciones individuales de LMM (baja masa muscular estimado mediante dos metodologías diferentes) y LMS (baja fuerza muscular) con mortalidad por cualquier causa59.

La actividad física entonces, tiene un papel clave no solo en la prevención sino también como estrategia terapéutica en condiciones tales como: enfermedad cardíaca isquémica, accidente cerebrovascular, hipertensión, trombosis venosa profunda, insuficiencia cardíaca crónica, disfunción endotelial, enfermedad arterial periférica, diabetes tipo 2, síndrome metabólico, osteoporosis, osteoartritis, caídas, problemas de equilibrio, artritis reumatoide, dolor crónico, enfermedad del hígado graso no alcohólico , cáncer de colon, diverticulitis, estreñimiento, cáncer de mama, cáncer de ovario, síndrome de ovárico poliquístico, diabetes gestacional, preeclampsia, disfunción cognitiva, ansiedad, depresión, sarcopenia y muchos otros 55,57.

 

Figure 5 La inactividad física aumenta 35 enfermedades crónicas 55.

Por lo tanto, la inactividad física y los comportamientos sedentarios durante la actual pandemia de coronavirus (COVID-19), especialmente la incapacidad de ejercitarse de manera adecuada, son una preocupación que de no atenderse podría conducir a efectos devastadores en la salud de las personas tanto en sujetos sanos como patológicos e incluso alterando la tasa de mortalidad en la población de manera negativa.

3.1 Inactividad Física y Sistema Inmune

La inmunosenescencia, definida como las alteraciones celulares y moleculares que afectan tanto la inmunidad innata como la adaptativa, lo que lleva a una mayor incidencia de morbilidad y mortalidad a lo largo de la vida60, parece jugar un rol clave en la pandemia por COVID19. Así, es de importancia comprender que el sistema inmune no opera de forma aislada y está profundamente influenciado por factores ambientales, incluida la actividad física61.

Tanto el envejecimiento como las enfermedades crónicas pro inflamatorias se asocian con una disminución de las células T vírgenes, la acumulación de células T de memoria y una disminución en la producción de anticuerpos62–64. Además, se perturba el estado inflamatorio al aumentar la secreción exagerada de citoquinas pro inflamatorias (IL-1, TNF-α, IL-6, PCR, IL-12), lo que puede acelerar el daño tisular64. Ambos aspectos coincidentes con la respuesta desproporcionada en pacientes graves en COVID-1945.

Así, uno de los aspectos clave encontrados en la respuesta inmune en COVID-19 es la linfopenia, principalmente encontradas en linfocitos T45. En este caso, la actividad física moderada y sostenida en el tiempo puede mejorar la proliferación de linfocitos T, optimizando la respuesta65. Estudios en animales han demostrado que el ejercicio moderado puede mejorar supervivencia en ratones infectados con una dosis letal del virus de la influenza66. También, el ejercicio ha sido efectivo para mejorar las respuestas inmunes a los antígenos novedosos y la capacidad inmune de memoria tanto natural como post vacunación en ratones jóvenes y ancianos67 y en humanos mayores68–70.

El músculo esquelético, al ser un órgano endócrino, también libera hormonas y citoquinas (miocinas)71. Una de ellas, la IL-6 refleja la masa muscular y actividad contráctil. SI bien es una citocina pro inflamatoria (a través de la vía de del factor nuclear κB en respuesta a las citocinas, como el TNF alfa), en respuesta al ejercicio es antiinflamatoria y conduce a la producción de mediadores reguladores (como el antagonista del receptor de IL-10 e IL-1) por monocitos y macrófagos72,73. Otras mioquinas liberadas por la actividad muscular también se ha informado tener efectos metabólicos e inmunes, como la IL-7 y la IL-15 que actúan como factores de proliferación de linfocitos T vírgenes y el desarrollo de células NK y la citotoxicidad regulada74.

 

Figura 6 El Músculo es un órgano endocrino e inmunomodulador71

Así, músculo esquelético activo es crucial en el mantenimiento de un sistema inmunitario saludable durante el envejecimiento, y tanto la inactividad física como la sarcopenia relacionada con la edad son cruciales en el empeoramiento de la función inmune a lo largo de la vida. Fuertes informes epidemiológicos de la pandemia indican que la mayoría de los pacientes graves o que fallecen de COVID-19 edad avanzada y enfermedades subyacentes crónicas que determinan un sistema inmune con una función deficiente15. Por lo tanto, la inmunosenescencia parece ser un factor clave en la capacidad de respuesta del huésped determinando el desarrollo y evolución de enfermedades crónicas y el curso de la enfermedad por SARS CoV275.

Consecuentemente, tanto el manejo en el corto plazo de la pandemia como en el largo plazo de la mortalidad indirecta por las acciones para controlarla la actividad física juega un rol crucial26. Paradójicamente la mayoría de los países toman el confinamiento como política base (que delega a un segundo plano la realización de actividad física), potenciando el sedentarismo y, en consecuencia, exacerbando el potencial riesgo en la salud del SARS CoV2.

3.2 Inactividad Física y Sistema Neuromuscular

Las consecuencias negativas de la inactividad física en el sistema neuromuscular han sido reportadas desde principios de los años 20 por Cuthbertson (1929), quien sugirió que la inactividad prolongada en sujetos sanos conduce a una pérdida de nitrógeno, fósforo y calcio debido a la falta de uso de músculos y huesos76.

La Literatura es concluyente en cuanto a que la inactividad, ya sea inducida por el reposo en cama, el uso de yeso o agentes de inmovilización en alguna extremidad, la suspensión de la extremidad o el simple sedentarismo, causa una rápida pérdida de la masa muscular. La caída resultante de la función muscular afecta principalmente la fuerza muscular ya que generalmente dicha perdida excede la del tamaño muscular, lo que indica que el músculo en desuso se vuelve intrínsecamente más débil77.

La atrofia muscular y la pérdida de la fuerza contráctil se producen incluso a nivel celular ya que se asocian a un cambio gradual en las isoformas de miosina hacia el tipo rápido. La evidencia reciente muestra que la inactividad también causa daño en la unión neuromuscular y la denervación muscular, lo que sugiere que la atrofia muscular no solo surge de la reducción de la carga mecánica sino también de los procesos neurodegenerativos78.

El deterioro rápido y significativo del sistema neuromuscular causado por la inactividad física deja en evidencia la importancia fundamental del ejercicio para preservar la masa muscular y la función neuromuscular cuando condiciones inesperadas, como el último brote de COVID-19, causan una restricción drástica del movimiento diario en comparación con la vida habitual77.

 

Figura 7: El envejecimiento y la inactividad generan un deterioro del sistema neuromuscular que se caracteriza no solo por la pérdida de masa muscular sino también por la perdida de la función, generalmente asociados a procesos degenerativos en el sistema neural79 .

Por lo tanto, cuando se enfrenta a un período de actividad restringida debido al confinamiento en el hogar, como en la presente pandemia de COVID-19, la recomendación principal para preservar la salud neuromuscular es hacer ejercicio diariamente con tensiones musculares de media/alta intensidad que involucren Grandes grupos musculares77.

3.3 Inactividad Física y Masa Muscular

La preservación de la masa muscular requiere un suministro constante de estímulos mecánicos que estimulan directa o indirectamente la síntesis de proteínas80. Cuando dejamos de entrenar, estos estímulos esenciales requeridos para el anabolismo muscular se eliminan y el equilibrio entre la síntesis y la degradación de proteínas se rompe hacia la degradación. En pocos días, se pueden encontrar signos objetivos de atrofia muscular. De hecho, pérdidas significativas del cuádriceps se han reportado después de tan solo 2 días de inmovilización de la pierna (1.7%) 81 o 5 días de reposo en cama (2%) 82, lo cual esta asociado a una pérdida aún mayor de fuerza muscular (8–9%) 82–84. Durante los siguientes días y semanas, la atrofia muscular es capaz de progresar a un ritmo inexorable, 6% aprox. después de 10 días 78, 10% después de 29 días 85, 13% después de 60 días 82, alcanzando el 18% después de 90 días 86. Esta tasa de atrofia muscular crece exponencialmente, prediciendo una pérdida de masa muscular de ∼10% en 30 días y de ∼15% en 60 días.

 

Figura 8 Complicaciones de la pérdida de masa corporal magra (músculo)87.

Una encuesta reciente realizada sobre el impacto del sedentarismo en 6733 personas de 18 a 98 años mostró una asociación clara entre la actividad física, la masa magra (músculo) y la grasa corporal 88. Esencialmente, el estudio demostró que la actividad física es exitosa para mantener la masa libre de grasa, evitar el exceso de grasa corporal y bajar la tasa de obesidad. Además, al comparar la masa y la función muscular de las personas sedentarias de 20 a 80 años con las de sus equivalentes de una población de atletas, queda claro que mantener un alto nivel de actividad física preserva la masa muscular y la función durante toda la vida89.

Este beneficio se traduce en una ganancia de aproximadamente 20 a 25 años en términos de edad biológica cuando se compara la masa muscular y el rendimiento de atletas de 3 edad vs sedentarios 89,90. Del mismo modo, las personas entrenadas durante el transcurso de su vida muestran un 30% más de fuerza muscular en comparación con las personas sedentarias de la misma edad 91. Sorprendentemente, los beneficios de llevar un estilo de vida activo protegen no sólo contra la pérdida de masa muscular y fuerza, sino que también parecen proteger contra la denervación muscular progresiva que acompaña al proceso de envejecimiento y se ve exacerbada por la inactividad 92.

 

Figura 9 Resonancia magnética nuclear mostrando diferencias en el tejido adiposo subcutáneo entre un hombre de 74 años sedentario vs un triatleta de 70 años93

La pérdida muscular asociada con el envejecimiento, el desuso y ciertas condiciones patológicas, puede conducir a una salud adversa y deterioros en la calidad de vida. La pérdida de masa muscular, fuerza y función muscular tiene consecuencias adversas no solo locales sino también sistémicas que conllevan a una discapacidad física, funcional y congitiva87.

3.4 Inactividad Física y Control Metabólico

La situación actual reducirá la actividad física a niveles muy por debajo de la recomendación diaria de 7500–10,000 pasos por día exacerbando los problemas de salud derivados de la inactividad física 55,94. Es importante destacar que los efectos negativos para la salud pueden verse relativamente rápido (3–14 días) cuando se acentúa la disminución de la actividad, como sucederá en todo el mundo en la pandemia actual95.

Adicionalmente, parecería ser que 2 semanas de actividad física reducida (de> 3500 a <1500 pasos / día) en personas mayores sanas (> 65 años y normalmente la proporción más inactiva de la población) generan un aumento pequeño pero medible en la resistencia a la insulina y una reducción en la tasa postprandial de síntesis de proteínas musculares96.

Actividades sedentarias como el trabajo de oficina, ver televisión y sentarse están asociadas no solo con el aumento de la mortalidad previamente mencionado, sino también con un aumento de la morbilidad (síndrome metabólico, enfermedad cardiovascular) 97–99. La asociación se resume en una revisión reciente que concluyó: “Los niveles más altos de actividad física total, a cualquier intensidad, y el menor tiempo de permanencia sedentaria se asocian con un riesgo sustancialmente reducido de mortalidad prematura, con evidencia de un patrón no lineal de dosis-respuesta en adultos de mediana edad y mayores 100”.

Los mecanismos por los cuales la inactividad genera una disminución en la sensibilidad a la insulina sistémica y una intolerancia a la glucosa están íntimamente relacionados a modificaciones dentro del músculo esquelético 101–104.

 

Figura 10 Ser habitualmente activo promueve la activación de vías metabólicas relacionadas a la absorción de glucosa en el músculo esquelético; Por lo tanto, se preserva la sensibilidad a la insulina y se desvía menos glucosa a depósitos metabólicamente desfavorables 105.

La evidencia sugiere que 7-10 días de reposo en cama en individuos sanos conduce a un 10–34% de disminución de la sensibilidad a la insulina en todo el cuerpo 102,106. Sin embargo, la disminución de la sensibilidad a la insulina medida mediante el equilibrio arteriovenoso en el antebrazo 102 o la pierna 107 muestra resultados mucho mayores (47. –75%). Esta diferencia se debe a que el antebrazo y la pierna muestran en mayo detalle el metabolismo del músculo esquelético, enfatizando el papel fundamental del mismo en la resistencia a la insulina inducida por la inactividad, que parece ser atribuible a la reducción de la contracción muscular per se108.

La disminución de la sensibilidad a la insulina con la inactividad física no está directamente relacionada con los cambios en la composición corporal (pérdida de masa muscular, aumento del porcentaje de grasa corporal) ya que la misma se desarrolla rápidamente (en unos pocos días) y mucho antes de que se establezca una atrofia muscular y/o aumento de la grasa corporal (o deposición de grasa ectópica) 109. Paralelamente, y posiblemente relacionado con la resistencia a la insulina inducida por la inactividad, está la elevada carga inflamatoria que puede ocurrir con el reposo prolongado 108.

En tiempos de restricciones debido a la pandemia de COVID19, es importante darse cuenta de lo imprescindible que es una cantidad moderada de ejercicio diario de intensidad suficiente 110. Cualquier adición a este régimen mínimo conducirá a mejoras en todos los marcadores de salud.

3.5 Inactividad Física e Impacto Cardiorrespiratorio

El VO2max es la máxima capacidad de tomar oxigeno del ambiente en los pulmones, transportarlo en la sangre y utilizarlo por el organismo, principalmente en los músculos y, por lo tanto, el mismo se considera una variable que evalúa el rendimiento máximo del sistema cardiorrespiratorio y los músculos esqueléticos en el transporte y en la utilización de O2111. Además de ser uno de los principales determinantes de la tolerancia al ejercicio, el VO2max se considera un índice de “aptitud cardiorrespiratoria”. Tanto en sujetos sanos como en pacientes con enfermedades cardiovasculares “la capacidad de ejercicio es uno de los predictores más fuertes de mortalidad incluso mas que otros factores de riesgo establecidos para enfermedades cardiovasculares”112. Según los mismos autores, por cada 1 MET incrementado, la mortalidad por aptitud cardiorrespiratoria disminuye en un 12% 112.

Saltin y cols., uno de los padres de la fisiología del ejercicio, en el año 1968, mostró que los individuos pierden en promedio el 28% del consumo máximo de oxígeno (VO2max) y el 11% del volumen cardíaco luego de un período de 20 días en cama113.

En sintonía con estos datos, un estudio reciente “anticipó” de manera muy similar el contexto al que cientos de millones de personas, en todo el mundo, ahora están expuestas como consecuencia del confinamiento en el hogar. En ese estudio, un grupo de hombres jóvenes y sanos redujo de forma aguda la cantidad de pasos por día, desde una línea de base de ∼10,000 a ∼1350, y mantuvo este nivel de actividad durante 2 semanas114.  ¿El Efecto?, devastador, luego de las 2 semanas, los sujetos presentaron una disminución de ~ 7% en el VO2max114. Curiosamente, la tasa de disminución del VO2max reportada, fue notablemente similar a la tasa promedio de disminución del VO2max observada en los estudios de reposo en cama 115. Esta tasa de disminución parece ser lineal ante la duración de la inactividad.

Si asumimos que la tasa de disminución del VO2max es lineal también después de una inactividad forzada no asociada con el reposo en cama (como el confinamiento por el COVID-19), durante un período de 2 meses, el VO2max disminuiría aproximadamente un 30%!!!, un numero poco real y especulativo pero suficiente como para intentar evitar que el peor escenario posible se transforme en realidad.

En cuanto a los sujetos de tercera edad, la disminución porcentual en el VO2máx durante un reposo en cama de 2 semanas fue dos veces mayor (−15%) frente a la observada en jóvenes116. Aún mas, durante un período de vuelta a la actividad de 2 semanas post reposo en cama, los sujetos jóvenes parecerían recuperar el valor basal de VO2 máx, mientras que los ancianos la recuperación es menor o incluso e incompleta 116 complicando aún mas el panorama para dicha población.

Por lo tanto, en un sujeto hipotético sedentario de 70 años con un VO2max de ∼25 ml/kg/min-1, una inactividad forzada de 4 semanas probablemente se traduciría en una disminución de ∼15% en el VO2max, correspondiente a una disminución de ∼3.75 ml/kg/min-1, lo que equivale a ∼1 MET: Lo que, a su vez, se traduciría en un aumento de ∼12% en la mortalidad.

 

Figura 11 El ejercicio físico mejora la salud de las personas mayores al actuar sobre los diferentes sistemas y órganos117.

Por último, parecería existir una relación dosis-respuesta directa entre el “volumen” del ejercicio (duración x intensidad) y la aptitud cardiorrespiratoria. Aproximadamente el 50% de los efectos protectores de la actividad física se explican por una reducción de los factores de riesgo cardiovascular tradicionales, como la presión arterial alta y los lípidos en la sangre55. Otros efectos protectores presumiblemente se relacionan con una disminución de la inflamación de bajo grado del tejido adiposo visceral y con una disminución de la resistencia a la insulina55.

4. Conclusiones

La evidencia sobre la importancia del ejercicio físico para preservar la salud y la calidad de vida es incontrovertible como también es ineludible el impacto perjudicial de la pandemia de COVID-19 sobre el sedentarismo e inactividad 117,118. Es importante tener en cuenta que también podemos estar en riesgo de un ciclo vicioso donde los patrones de inactividad actuales y potencialmente acelerados pueden magnificar el impacto de la actual y futuras pandemias. No es sorprendente que las personas infectadas con COVID-19 tienen muchas más chances de ser hospitalizados y tener peor pronóstico si padecen afecciones médicas subyacentes, tales como enfermedades crónicas, que afectan la respuesta inmune. Además, la evidencia muestra un riesgo significativamente mayor de enfermedades crónicas en personas físicamente 6,8,117,118.

Ergo, la relación entre la inactividad física y los riesgos de complicaciones de salud y tasas de mortalidad asociadas con COVID-19 no se puede seguir ignorando. Si la prevalencia de afecciones crónicas provocadas por estilos de vida poco saludables fuera menor, ¿se reducirían los efectos catastróficos de la pandemia de COVID-19?.

 

Figura 12 La inactividad física y el comportamiento sedentario pueden ser perjudiciales para la salud, el perfil de riesgo cardiovascular, la capacidad física y la función y la salud mental, lo que resulta en una mala calidad de vida, mientras que mantener niveles de actividad física más óptimos puede ayudar a mejorar estos efectos perjudiciales119.

Por todo esto, durante la cuarentena, mantenerse físicamente activo es esencial para la salud mental y física. Afortunadamente, una amplia gama de ejercicios, como ejercicios aeróbicos o entrenamiento de fuerza con o sin equipamiento, aprovechando nuevas tecnologías que permiten ser guiado por profesionales idóneos mediante video o aplicación, se pueden realizar en el hogar y deben fomentarse. En esta línea, los gobiernos nacionales, federales y regionales de todo el mundo deberían contemplar el rol de los centros de entrenamiento, gimnasios y clubes en no solo la prevención de problemas de salud incluidos COVID-19 sino también en el potencial efecto paliativo que puede tener una población activa en el colapso de los sistemas de salud. Estos también deberían permitir la realización de actividades físicas al aire libre (por ejemplo, caminar, correr u otros deportes individuales), y así evitar que la pandemia COVID-19 genere consecuencias desfavorables mas allá del virus 120.

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